Antz, el hormiguero de nuestra sociedad

Cuando éramos pequeños y veíamos películas dirigidas a un público infantil siempre nos imaginábamos que eran ciertas. Creíamos en la ilusión de un mundo en miniatura, donde los muñecos cobraban vida y actuaban como nosotros, solo que no éramos capaces de oírlos porque lo hacían a escondidas nuestras. Podíamos pasarnos horas y horas espiando e intentando pillarlos infraganti. Nos hacíamos los dormidos, e incluso podíamos dejar la cámara grabando mientras estábamos en la escuela. Llegábamos corriendo del colegio, tirábamos la maleta en cualquier rincón y cogíamos la cámara para ver que habían hecho. Siempre nos encontrábamos con el mismo resultado, no había nada, no se escuchaba nada. Nos sentíamos tristes a la vez de orgullos por tener a los muñecos más inteligentes, ya que ellos sabían que los estábamos grabando y por eso no se movían. También, nos quedábamos embobados observando a los animales. Contemplábamos a las hormigas para ver como recogían la comida, e incluso, algunos más “brutos” que otros, destrozaban el hormiguero para ver su interior. Teníamos la esperanza de que las hormigas actuaran como actúan las de las películas Bichos o Antz. ¡Qué dulce inocencia aquella! Sin embargo, a pesar de reírnos ahora de aquellos actos, nos encontramos con que no estábamos muy equivocados. No me refiero a que los muñecos o animales pudieran hablar, me refiero a que aquellas películas con las que pasábamos las tardes nos estaban describiendo la cruda realidad de la sociedad.

En este documento analizaré la película de Antz. La cual, nos muestra cómo se estructura un hormiguero en el que habita Z, la hormiga protagonista. Desde el principio se nos muestra una sociedad distribuida en forma de árbol, en la que podemos ver las distintas clases sociales. En primer lugar, encontramos las hormigas obreras. Estas hormigas representan la clase baja de la sociedad, donde están aquellos más desfavorecidos que se mantienen a través del trabajo físico, con salarios reducidos o nóminas inestables. En segundo lugar están las hormigas guerreras, que hacen alusión a la clase social media. Esta clase social es menos numerosa, mantiene un status quo en la colonia o sociedad e impide la movilidad social mediante una legislación y distinción de clases. Por último, encontramos a las hormigas de la familia real. Estas hormigas son la clase alta, la élite, donde reside el poder de cualquier sociedad. Las desigualdades que se producen entre estos tres tipos de hormigas son iguales a las que podemos encontrar en la sociedad actual. Vemos cómo la hormiga protagonista, perteneciente a la clase obrera, no conoce ni se relaciona con las hormigas guerreras o reales. La propia estructura de la sociedad hace difícil la relación entre estas clases sociales, por el hecho de la existencia de distintos intereses económicos y sociales, y dificulta el ascenso de una hormiga/persona a otra clase social. Estas desigualdades y prohibiciones hacen que la sociedad esté descontenta. En la película, Z está disconforme con su vida y desea encontrar otro lugar para salir de la rutina, sin importarle transformar la estructura inicial de la colonia. El lugar que desea se llama “Insectopía”, un sitio donde no existen normas explícitas, en el que el individuo hace lo que quiere y cuando quiere, siempre que respete al resto de los insectos. En nuestra sociedad algunos hombres desean lo mismo que el protagonista de esta película, es decir, desean una sociedad utópica, donde se guarde respeto y no sea impuesto el pensamiento. De igual forma, vemos en la película cómo el poder es representado por el Coronel Mandíbula. Para eliminar las desigualdades que existía en la colonia el personaje es asesinado. En nuestra sociedad ocurriría lo mismo. Si se eliminase o disminuyera el poder que poseen algunas personas, las cuales suelen ser corruptas o intentan imponer sus ideales, podríamos crear un mundo más igualitario, un mundo donde todos encontremos nuestro lugar y seamos nosotros y no las élites quién lo elija.

Desde que nacemos nos están inculcando que vivimos por y para una sociedad en la que debemos culturizarnos para poder realizar un trabajo que la beneficie, le ayude a su buen funcionamiento y la haga más habitable. Asimismo, nos enseñan lo que está bien y lo que está mal, según las normas del ser humano, pero ¿quién dicta estas normas y dice lo que está bien o mal?, ¿quién nos da derecho a discriminar, o excluir socialmente a otros individuos, a someter a una persona, a acabar con su vida o con la de todo un colectivo?, ¿cómo podemos dormir tranquilos por la noche sabiendo que la raza humana es rastrera, asesina, codiciosa, capitalista y/o corrupta? Nos venden mentiras por los medios de comunicación, nos manipulan y ocultan la verdad, no somos capaces de reconocer cada error a su tiempo e importan muy poco la personas a la que pisoteamos con tal de conseguir nuestro objetivo final, ya que mientras nosotros lo consigamos, qué importa el mal ajeno. Vuelve a predominar el individualismo en nuestra conciencia y no somos capaces de reconocer que vivimos por y para la sociedad, que sin ella somos insignificante pero con ella somos esclavos. No somos conscientes de que hemos creado un monstruo y que le hemos dejado crecer con la globalización, a través de la existencia de entes que ven como un problema la diversidad de creencias, costumbres, cultura, etc., y por tanto, intentan imponer sus  ideales por encima de los demás. Por más que intentemos buscar razones para entender y justificar el comportamiento del ser humano y de la sociedad, no las encontramos. No se puede justificar a un asesino, a un corrupto ni a un codicioso. No podemos justificar cada uno de nuestros actos, porque por más que nos consideremos humanos somos los únicos animales sobre la faz de la tierra capaces de utilizar la herramienta de la que sólo nosotros disponemos (el lenguaje), para destrozar todo a nuestro paso.

Imagen de cabecera vía | HDwallpapers.com

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