¿Ser adulto acarrea una pérdida gradual de la felicidad? Reflexiones tras ver Big

Icono de nuestra infancia donde los haya, la película “Big” es y siempre será una divertida comedia que tiene tantos tintes dramáticos como cualquiera de esas historias lacrimógenas que ansían un Oscar a costa de la felicidad de los espectadores. Sin embargo, no se trata de una tragicomedia al uso, sino de una profunda reflexión sobre lo que es la pérdida de la inocencia y la felicidad que conlleva crecer, madurar y convertirse en adulto.

La película comienza con un niño de trece años antes de que dicha edad fuera un símbolo de sexualidad precoz y prepotencia injustificada. Poco a poco se va dando cuenta de que ser un simple muchacho no le ofrece ninguna oportunidad para conquistar a la chica que le gusta, una chiquilla de dieciséis años que se pirra por los jóvenes rebeldes con carnet de conducir. Su desesperación, le lleva a recurrir a la magia de Zoltar, una misteriosa y casi terrorífica máquina perdida en una feria de su barrio. Tras el deseo de ser mayor y por el módico precio de veinticinco centavos, una tarjeta informa al pequeño protagonista de que su deseo le ha sido concedido. Al mañana siguiente, el que era un joven muchacho de trece años se ha convertido en un adulto de treinta que, tarde o temprano, debe enfrentarse a los problemas que todo adulto conoce sobradamente: Amor, trabajo, crimen, etc. Tom Hanks interpreta al niño adulto que, bajo una máscara de inocencia y simpatía propias de un muchacho de su edad, debe enfrentarse a los problemas antes mencionados sin un “entrenamiento previo y gradual”, es decir, sin el paso de los años que nos van enseñando cómo funciona el mundo y cómo debemos enfrentarnos a él.

La película, como toda buena historia, oculta toda una colección de rasgos que no son apreciables a simple vista. Observemos, por ejemplo, la historia de amor en la que se ve envuelto nuestro protagonista. Su inocencia y falta de malicia, fruto de la falta de contacto con el mundo adulto, y de la madurez forzosa que este le provoca, conlleva un comportamiento despreocupado, de una total falta de preocupación por el “qué dirán” o el “qué pensarán”. ¿Cuántos de nosotros bailaríamos sobre un piano gigante sin pensar en que podríamos hacer el ridículo? Tom Hanks lo hace y es así como consigue caer bien a los demás, siendo él mismo, sin necesidad de ponerse una máscara de seriedad y madurez.

Ahora pensemos, ¿de verdad nos iría mal en la vida si conserváramos ese espíritu carente de malicia y rebosante de  júbilo? Lo dudo fervientemente ya que, aunque cueste creerlo, el grado de individualismo que impera en la sociedad actual provoca que el resto de personas que nos rodean se preocupen menos por nuestro comportamiento que por las consecuencias que este pueda tener sobre el suyo.

Aprendamos de Tom Hanks y, la próxima vez que vayamos a una juguetería con nuestro hijos o sobrinos comportémonos como niños y disfrutemos de su infancia tanto como ellos.

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